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Textos Sul-Americanos

Partida de golf en el cañaveral

Bruno Peron, 10 de Junio de 2012

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El juego está armado en Brasil: quien pierde, quien gana y quien arbitra. En esta partida, aparecen desde las declaraciones de Fernando Collor de Mello de que merecería nuevamente el cargo presidencial por no haber sido probado el motivo de su impedimento al final de 1992, hasta los recientes escándalos de corrupción que incluyen el “bicheiro” Carlinhos Cachoeira y políticos de Goiás. El problema es que los millones de ciudadanos dignos y luchadores por las causas colectivas en este país raramente alcanzan a ser al menos jugadores visibles.

Hablemos un poco de las vicisitudes de la economía. El Instituto Brasilero de Geografía y Estadística (IBGE) divulgó, al final de mayo de 2012, la información de que hubo una caída del 0,2 % en la producción industrial en abril en relación al mes anterior. El mayor efecto se sintió en los sectores de alimentos, bebidas, e insumos farmacéuticos y hospitalarios.

La fuerte inestabilidad cambiaria del Real frente al dólar estadounidense enturbia la previsibilidad y desestimula el hábito del planeamiento. Las oscilaciones del cambio a veces son buenas para el consumidor brasilero, a veces para el exportador y el comprador de nuestros productos. El gobierno aplica medidas que evitan variaciones considerables y repentinas en el valor de nuestra moneda, aunque el resultado no depende solo de lo que el Banco Central hace o deja de hacer.

Un país debe administrar bien sus riquezas y dividirlas entre sus habitantes. Mientras tanto, las inseguridades –algunos dirían crisis– que asolan otros países, como Grecia y España, inspiran a nuestro Ministro de Hacienda a proponer medidas y maniobras de estímulo a la economía brasilera como si ella fuese el único motor de desarrollo del país. Los ejemplos más evidentes de la obsesión por el crecimiento económico, a lo largo de mayo de 2012, ha sido la reducción de impuestos para la compra de automóviles, préstamos y financiamientos. Estas políticas se aplican en perjuicio del sueño de un sistema público eficiente de transporte.

El estímulo al consumo en Brasil ha favorecido a colosales grupos empresariales, en detrimento de la mayoría de los brasileros, que compran a plazos automóviles, casas, aparatos electrónicos y electrodomésticos. El gobierno redujo el Impuesto sobre Productos Industrializados que incide sobre los carros y la tasa básica de intereses a fin de incentivar el consumo. La cultura del crédito, sin embargo, es sinónimo de deuda y no de que la economía de un país va bien.

La economía de los grandes jugadores crece robustamente mientras el pequeño empresario siente la desvalorización del Real en la caída de su poder de consumo. El gobierno, en este ínterin, exonera de tributos a las grandes industrias para complacer a nuestros ciudadanos con la ilusión consumista de que ascienden a una clase social mejor por tener dos automóviles en lugar de uno.

Aunque la competitividad (baja o alta) de las empresas brasileras haya estado en evidencia por la tentativa del gobierno de desarrollar la economía nacional, una de sus más loables medidas es la creación de un mecanismo que reduce la posibilidad de formación de oligopolios empresariales. Así, todo proceso de compra o fusión de dos o más empresas que tienda a la concentración o el control de segmentos del mercado deberá ser aprobado por el Consejo Administrativo de Defensa Económica (CADE), a partir de fines de mayo de 2012.

Con todo es preciso rever si el modelo actual de desarrollo es consistente con la sustentabilidad ambiental y social que los gestores de la economía tanto pregonan. Un posible medidor es el ritmo de devastación ambiental como consecuencia de la expansión de la agropecuaria, cuyo sector de la economía ha atendido una demanda galopante de dondequiera que ella venga: del crecimiento urbano en el interior del Brasil, de los conglomerados de Asia, de Marte. Mientras restan menos del 10% de la foresta atlántica, estemos atentos a la herencia funesta que la motosierra tiende a dejar en otros biomas. Hay más bocas que necesitan alimento, más casas que necesitan muebles, más fábricas que necesitan energía eléctrica, etc.

La economía brasilera ha sido la “niña bonita” entre los creyentes del clan de los “emergentes”. Ciertas políticas de organización de la economía dan un golpe con el palo, pero lamentan no saber si la pelota caerá en el hueco o se extraviará durante la partida de golf en el cañaveral.

 

* Traducción del portugués: Miguel Guaglianone.

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